24 de mayo de 2016

LA LEY DE IDENTIDAD DE GÉNERO Y SUS REPERCUSIONES FACEBUQUERAS

Está circulando por las redes un vídeo bastante polémico. Se trata de unos muy multiculturales gandules jovenzuelos que bien instruiditos, con guioncito bien aprendidito, reclaman que se haya aprobado la Ley de Identidad de Género, una Ley -de las pocas realmente modernas que decide aprobar este Gobierno que se ha caracterizado por un despiste histórico y una tendencia de fascismo barrial- que permite el cambio legal de identidad sexual en caso de que no estés contento con tus atributos, ya sean estos de tipo colgante o cavernoso, en fin. La verdad que el tema, visto desde las valoraciones morales, es un callejón sin salida, un diálogo de sordos, una polémica inútil y una pérdida de tiempo espantosa. No hay debate posible desde la moral, porque la moral es una monja bien puta que se acuesta siempre con cualquiera y cada uno tiene su propia moral a disposición de la conveniencia de su nutria. Lo que las personas decidan hacer con sus respectivos órganos de reproducción es cosa de ellos. Si alguna religión o postura lo condena, bien también, tienen derecho a existir y a opinar lo que les plazca.

Lo que no pueden hacer es que, a título de sus valores, sus principios y sus supersticiones, querer interferir en los derechos de los otros. Cosa, lastimosamente, muy frecuente por estos pagos atrasados que se pavonean ante la hipocresía de sus vicios y pretenden convertir en universal los postulados de la doctrina que profesan como parte de una comunidad religiosa. Es difícil que los cristianos -en el término amplio de la palabra- entiendan que no tienen la verdad, ni la razón, ni la maldita cosa, son solo una gran mayoría de gente miedosa, confundida, con delirio de persecución infernal que cree en tipos con cuernos y cola y amigos imaginarios que nunca tienen sexo. Allá ellos y tienen todo el derecho del mundo a expresarse y a manifestar su horror y su desconsuelo. Como lo tenemos todos los seres humanos porque somos humanos y, pues, se enterarán, que no importa si eres gay, o si te gusta la excitación por la vía auditiva, o te encanta la autofelación, mientras no sea un delito y no afectes el derecho de los otros, puedes hacer con tu culo lo que te de la gana. Y el Estado te tiene que garantizar que ejerzas tus derechos en la mayor libertad y legalidad posible. Así que, si Tomás quiere casarse con Agustín en el juzgado de Hipona, que le metan pues, mierdas, nadie tiene el derecho de objetarlo. A estas alturas de la historia, esa charla ya excede los límites del cretinismo tolerable.

Para ir cerrando la idea. Si a los miembros (la palabra fue elegida con somera malicia) de una comunidad religiosa les altera la idea de la homosexualidad, hagan lo posible para predicar contra ella, es su pedo, son ellos los que quedan como medievales bípedos, pero tienen derecho. El mismo derecho que tienen los otros susodichos de vestirse de locas y salir por las calles asumiendo su identidad. Es una puta elección, finalmente. Como cualquier otra. Esto promoverá debates, críticas, propuestas discursivas en fin, todo eso, lo que es bueno siempre en toda sociedad. Lo que es una puta muestra de enfermedad psicópata y retraso conceptual es que unos  pretendan hablar por todos e imponer su juicio y moral como norma de Estado. Eso estaba bien cuando la tierra era oscura y la gente se creía eso de que había un tipo controlando el universo que castigaba con bolas de fuego (el concepto fue elegido con somera ironía) a los habitantes de Sodoma. La familia nuclear heterosexual, con hijitos bien peinaditos que asisten sagradamente a las citas dominicales con el Creador, con perrito y gatito y estampitas de primera comunión bien guardaditas en el fondo del ano, es también una elección, pero no significa que sea la única posible pues, putos, hay más opciones, muy inventivas por cierto, como eso de la poligamia que tendríamos que considerar sin miramientos ni alcahuetería. Así que, para dejar de huevear con el tema, les recomiendo a todos adscribirse en la religión Saynomorista, donde no tenemos ningún tipo de prejuicio contra nadie salvo contra los que escuchan Arjona, claro. A esos hay que lapidarlos.


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