29 de noviembre de 2016

LUCECITAS EN EL CULO



A mi las navidades me gustan, claro. La familia, al menos la mía, anda toda alborotada, cada quien en su pedo, cocinando, gritando, conversando, riendo, hasta rezan y todo, a su estilo y su manera, cada quien en su isla privada de su concepción de festejo y nadie te anda jodiendo o pendiente de vos. Es un ejercicio de la libertad y el afecto y mantiene lazos invisibles de una unidad que no es nombrada ni proclamada en hipócritas slogans. La verdad es que cada uno desarrolla un caos de significantes y, como solemos ser mil putos vagando por la sala como gallinas sin guato, hacemos de esa cena un neurótico encuentro de saudades y buenos deseos, cada quien con su escándalo y su propia histeria pero juntos, al final de cuentas. Amigos todos, al llegar el alba.

Por otro lado, si descontamos a los convenencieros, los amargados y los vendedores, estas fechas, también, son más risueñas. Hay todavía gente que te abraza sincera, que te da buenos anhelos porque siente en el fondo que es mejor persona siendo menos envidioso o porque está feliz, que sé yo, porque el año de mierda se acaba y comparte contigo con una cortesía o una sonrisa esa complicidad de que, bueno, pasamos otros 12 meses y sigo entero, carajo. Buena onda, digamos. Y aunque, a decir verdad, no necesitas ninguna fecha especial para eso, lo cierto es que el ambiente de fin de año es más propicio para ser mejores tipos. Al margen queda el discurso secular y de circunstancia que los cristianos quisieron oficializar en torno al supuesto nacimiento de su redentor, eso es lo de menos y está bajo la absoluta creencia y/o superstición de cada quien. ¿Para qué más vueltas al asunto? Digo yo.

Lo que sí es una podrida mierda es la bastarda costumbre que tenemos de compensar nuestras carencias afectivas o nuestro sintomático rencor con la obsesiva compra de regalos, las reuniones de falsa confraternización entre sujetos que todo el año se odian en sus trabajos o en sus círculos de amigos y, sobre todo, con las putas luces de colores.

Esta manía de poner foquitos proveniente de sociedades hastiadas del vacío y la impersonalidad, son símbolos efímeros de alegrías prefabricadas, signos inequívocos de la ansiedad de consumo y consumada prueba del mal gusto de las masas. Esto es lo que convierte el "espíritu de la Navidad" en un vomitante ejercicio de la ridiculez y la sinrazón. Esta paradójica, cretina y malsana deformación de los sentidos, es un derroche impúdico de energía eléctrica y de egocentrismo, más aún en cuanto el noventa por ciento de esas luminarias que se prenden y se apagan, inseguras ellas, indefinidas y cobardes las muy putas, andan acompañadas de una música de mierda, inocua, reiterativa, pusilánime y cursi como villancicos cantados por Julio Iglesias.

Que la gente en sus casas haga tamaña patraña, es admisible y no se diga más. Es su casa, su palacio y su pendejo problema, pero cuando el espacio público es agredido por esta peste, hay que pegar el grito al cielo. ¿Qué pasaría si yo como alcalde o como dueño de una empresa decido contagiar a mi pueblo del espíritu del Carnaval o de Año Nuevo colgando preservativos usados de los árboles, regando los parques de trago y orín, amarrando calzones sucios en los postes de luz y arrojando vómito a las paredes de los edificios públicos? ¿Qué pasaría eh? Bueno pues que la Alcaldía se dedique y fomente a Instituciones a poner lucecitas arrechas, papanoeles estreñidos, música insana, venados altiplánicos y otras mugres por el estilo en las calles, los parques y los árboles de la Ciudad es una verdadera muestra de incivilidad, de arbitrario uso de lo público, de alto sentido de la demagogia y de completa ausencia de materia gris. Payasos ellos y los ciudadanos que lo socapan y fomentan. Ni todos compartimos la alegría, ni todos celebramos el evento, ni todos somos felices con lumbreras y espejitos de colores. Pero el árbol, el parque o el espacio público es de todos, qué mierda, déjenlos en paz.

El Colectivo No a la tala de árboles en Cochabamba ha lanzado su campaña: "Ponganle luz a sus cerebros y no a los árboles" o algo por el estilo, lo cual -fuera de ingenioso- es muy incisivo pues obliga a pensarnos en una convivencia no sólo entre humanos sino con nuestro entorno natural. La Alcaldía, ELFEC, COMTECO, COBOCE o la puta que lo parió, no tienen el derecho a infestar el espacio público con la nausea de esta pérfida costumbre, mucho menos a obligarnos a soportar el ruido visual y sonoro que traen a colación tamañas muestras de cretinismo vacuo, pero sobre todo, no tienen el cabrón derecho de dañar los árboles y las plantas en función de esta estúpida práctica ¿Por qué no ahorran energía? ¿Por qué no se ocupan de cosas importantes? ¿Por qué no mejoran los servicios que brindan? Y sobre todo, ¿Por qué mejor no se meten sus lucecitas en el culo?


1 comentario:

  1. Sabes q te apoyo para iniciar un.programa de tv, simplemente para putear más de frente y en HD a toda la gente boluda q hace las cosas sin pensar... capaz hagan bajar el tono de los insultos pero para eso existen los sinónimos o el bip

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