28 de febrero de 2017

UN HERMOSO CARNAVAL





En lo personal soy de esas personas que espera y se desvive por el carnaval. No sólo lo celebro sino que lo siento, lo vivo, lo palpito, lo engullo y lo excecro. Es mi fiesta favorita y -aunque los años ya me andan pasando la factura- trato de sacarle provecho los 4 o 5 días, o los que pueda, incluyendo compadres y comadres. Como dice el Dr. Martín Barbero, hago del carnaval el goce de todos mis orificios, menos uno, a no ser que sean de esos que consideran que cagar es un placer. Y también de mis protuberancias ¿Por qué no? Qué mierdas. Es carnaval.

Pero debo confesar que lo celebro en el ámbito de lo privado. En familia, con cuates, en chupas de concurrencia limitada. Otrora se hacían en los barrios, se tomaban las calles, se organizaban bandos por casas, se hacían alianzas y estrategias de guerra y nos sacábamos la mierda con agua y alcohol. Ahora ya no hay barrios de vecinos sino otbs con dirigentes de mierda y todo es miramiento y alcahueterío. Así que a la mierda el carnaval de barrio. Y, por otro lado, creo ya haberles mencionado esto en otras oportunidades, me recontraemputa el Carnaval de Oruro y el Corso de Corsos, pasión de ilotas, deleite de la promiscua desdicha de los simples de razón, abominable escenario del escarnio a la individualidad, indigesta barbarie de la elemental alegría, en resumen, fiesta de putos. Así que este año, lleno de paz interior y completo espíritu de descubrimiento, me fui muy feliz a Pocona invitado por la familia Morató a ver con qué ondas se viven las carnestolendas en tan literario pueblo. La pasé de puta madre, cabrones.

Para empezar el valle hace lo suyo y ni bien llegas caes arrodillado ante el paisaje. Otro aroma, otro color, otra temperatura, otra textura de las cosas que tocas o que te imaginas. El valle te somete y para cuando te das cuenta ya no eres más que una extensión de esa madre y de ese vientre. Te haces su hijo putativo que no su hijo de puta. Después, caes en cuenta que no hay edificios, ni pavimento, ni estructuras megalómanas. Sólo sus callecitas de piedras, sus espacios abiertos, el rumor de la naturaleza, el pasado colonial y el tiempo detenido. ¿Cómo mierdas no vas a querer ir a pasar ahí el resto de tu vida si sabes que encontraste la firme resistencia a la asquerosa pseudomodernidad, al bullicio infame de la urbe, al estúpido arboricidio en el que vivimos diariamente? Ya pues, sabes que lo que te va a doler de ese viaje, es volver a la bastarda e inmunda vida de ciudad de lentejuelas que los cochabambinos hemos hecho de esta Llajta que fue una vez tan linda como Pocona. O casi.

Y bueno, pasado ese primer shock que produce cierta positiva envidia, tus anfitriones (de lujo todos y cada uno) se ocupan de hacerte la vida mejor y definirte el significado de la palabra abundancia. Y no estoy hablando de la abundancia de comida y bebida que eso hay en todo lado, sino la abundante nobleza, carajo. Ese sentido jovial de la hospitalidad sin condiciones, ese entrar a casas de extraños y sentirte bienvenido, ese despilfarro de emociones, de vaciarte en las sutiles gentilezas que significan todo y pues retribuyes con gracias y te congracias, se te va la mano, cantas y -hasta yo que soy un completo pendejo para eso- bailas como condenado a inmolación el último zapateo de tu vida. ¿Y quieren que les diga mas? En todo el tiempo que estuve ahí no vi un maldito caporal. ¡Ni un puto caporal! Y asi fue como supe que estaba en el paraiso.

Y no me vengan con eso del carnaval de antaño y esa parafernalia prostituta de bailecitos estilizados y coplitas comemierdas aduladoras o de elemental rimamiento. No es eso, mierdas. El de Pocona fue un carnaval de cualquier época, hecho con puro sentido de la diversión sin condiciones y la naturaleza bonachona y cortés de sus organizadores, un carnaval avalado por la inmensidad fértil de la tierra y bajo la irónica nostalgia de la historia vertida en balconcitos y puertas de gloriosos tiempos idos. Así, gracias a esa enorme familia y a sus amigos y vecinos que me recibieron con tanto desprendimiento y buena leche, este malhumorado, reticente, aguafiestas y bastardo escribidorcillo de panfletos infamatorios, tiene una experiencia fantástica que contarles por el mero hecho de provocarles envidia o de contarles algo lindo. Pero sobre todo, es mi manera de decir gracias, porque yo seré todo lo insoportable que quieran, pero malagradecido nunca, cabrones.


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