20 de abril de 2017

EL CURA, LA FAMILIA Y LA DEMOCRÁTICA ESTUPIDEZ





En su mocedad, es verdad que el cura Pérez le imprimió al periodismo boliviano un cínico e irónico estilo que, aunque a veces se quedaba sólo en eso, estaba respaldado por razonamientos lógicos y por incisivas maneras de provocar al mundo que lo colocaban muy por encima del mediocre papel que juega un opinadorcillo gratuito, un pelele habla montón o un cantamañanas débil mental como los que ahora abundan por todo lado. Pero los años hicieron bien su trabajo y, quizás movido por la idea de que más pronto que tarde deberá librar su último round contra la vida, quizás preocupado por la insistente visión de reconocerse como un próximo festín de los gusanos o quizás guiado por los remordimientos propios de quien espera alcanzar la salvación del alma en el cielo de los cristianos, el emérito sacerdote-periodista, cometió el peor error de su carrera y se lanzó al ruedo de la polémica desarmado de argumentos y ensombrecido por el manto oscurantista y anacrónico del inquisidor bobalicón, del demente portaestandarte de la "verdad", del canónico mojigato típico de pueblo enfermo.   

En un catastrófico arrebato de verborragia, el hombre invisible visibilizo su propia ceguera. Que el respetable clérigo tenga su opinión sobre el aborto bien clara en función de sus parámetros morales provenientes de sus fantasías teológicas, no se lo cuestiona nadie, cada quien es libre de mostrar su imbecilidad cuando quiera, pero de ahí a que esa “opinión” se ampare en la sinrazón y el despropósito, eso solamente puede ser producto de la fanática tozudez con que se actúa cuando se alcanza la demencia senil. El tata en cuestión, se valió de este tema para cuestionar las relaciones sentimentales y los estados civiles de los funcionarios de Gobierno incluido el propio Emperador. Sólo se salvó de la hoguera lingüística el Vice, hombre de familia éste, con lo cual el sacerdote aplicó muy bien el sentido de la palabra felación. El prohombre eclesiástico dijo: “Divorciadas, divorciados, separados, con aquí, allá. ¿Y ese Gabinete de gente desplazada por la vida van a dar pautas sobre cómo hay que hacer los abortos?”. La primera pregunta, salta a la vista. ¿Qué putas puede saber un cura sobre familia? ¿Es que acaso la decisión de convivir con gente de su mismo sexo y con sus mismos votos lo capacita como maestro zen del tema? ¿Será posible que al optar por difundir la palabra de dios, éste le entrega a cada aspirante un manual de doce pasos para entender lo que es familia? Trato de entender esta lógica y no comprendo, les juro, como es que si de acuerdo a la Iglesia el “hombre de bien” es el hombre de familia ¿Los curas están exentos de esto por vestir sotana? Finalmente qué mierdosa y retorcida lógica institucional promueve la idea del carácter absoluto e inevitable de la familia pero les niega tal cosa a sus propios miembros. Es como si al hacer los votos, tu jefe te dijera: “Bueno puto, a partir de este momento vas por el mundo diciendo que la familia es sagrada, eterna e indivisible pero huyes de ella como virgen en convención de productos afrodisiacos y cada vez que te tiente la idea de pensar en formar familia te pones, como Odiseo, cera en los oídos para no escuchar su sensual canto o, en su defecto, te atoras un corcho en el ano". ¡Metafísica popular!

Pero más allá de esa doble moral alucinógena, el trasfondo del discurso del padrecito es aún más patético. Claro, porque el sacrosanto asocia la condición de estar felizmente casado con la capacidad para comprender un problema social y la profesionalidad para resolverlo. Eso se llama ser torpe, inapropiado, escaso de luces, memín de campeonato, desubicado crónico... usted elija. Yo soy fiero defensor de la familia, pero creo en ella en su gran capacidad para enfrentar la vida desde su condición afectiva y solidaria, cuando las familias existen porque es "conveniente" hacerlo o porque "está bien visto" o para evitar el "pecado", entonces eso deja de ser una familia para convertirse en un pacto moralista, hipócrita, vacío de sentido y asquerosamente falso. Uno no es mejor o peor persona, mucho menos mejor o peor autoridad o profesional, por estar casado o no. Ese sólo comentario del santísmo, lo coloca en la dimensión de un opinadorcillo gratuito, un pelele habla montón o un cantamañanas débil mental como los que ahora abundan por todo lado. Es una pena, en todo caso, porque este simpático impasse es la muestra más clara de que la estupidez no respeta a nadie. Bastante democrática, la muy puta. 



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