16 de septiembre de 2017

SERENATA A COCHABAMBA



¿Qué pudo salir mal ayer en la Serenata que llevó al público a abuchear de la manera más cobarde a los músicos de la Orquesta Filarmónica? ¿Cuál fue el error primero, la prístina equivocación? ¿Fue culpa de los músicos, de los organizadores o del público?
La primera falla de cálculo fue el asumir la calidad estética de la gente. Basta con escuchar la música que se toca en las radios, la que se escucha en los micros, la que revienta en los autos, la que inunda los boliches y las discotecas para darse cuenta que tenemos el gusto en el culo. Atrofiados por el simplismo, condicionados por el mecánico reflejo de bailar, cursis en las letras, repetitivos y furibundamente incompetentes, los grupos y artistas que le gustan al cochalo son la mierda más baja en cuanto a calidad se refiere. Esta Ciudad del orto, solo responde al reguetón, al folklore y a Arjona.
La segunda metida de pata, fue asumir la educación del cochala. ¿No salen a las calles, no toman el trufi, no hacen fila en el banco? Cualquier aturdido que tenga los dos ojos y el olfato sanos, se da cuenta que el cochalo es cochino, no espera su turno, es egoista, sólo piensa en él, no le importa la calidad sino la cantidad, se adueña de lo público, es autoritario, no hace nada si no hay recompensa, es como individuo un cobarde y sólo actúa gallito en t'ojpa, en caterva, es superficial, acomplejado y el libro le da urticaria, cree que Beethoven es un perro de Hollywood.
La tercera cagada viene de la falta de socialización del evento. No se advirtió claramente de qué se trataba. Se podían haber fijado con precisión horarios y estilos musicales para que la gente escoja qué quiere ir a ver y así, el bastardo que quiere perrear se vaya a masturbar a la esquina hasta que llegue su grupo de inmundos babosos y así no le joda la onda al boludo que quiere levitar con Wagner.

La verdad que, teóricamente hablando, la iniciativa de esa serenata estuvo bien. Muy buena cosa, en serio, pero demasiado inocente y ridículamente soñadora pues, si algo nos ha enseñado la vida con creces es que nunca, jamás de los jamases, hay que darle un diamante al puerco.

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