16 de marzo de 2018

TIERRA SANTA EN BOLIVIA: CANCIÓN DEL PIRATA



El sueño de ser pirata me atraviesa desde la tierna infancia. Desde aquellas tardes imborrables bajo el árbol, devorando a Salgari y a Stevenson, algún que otro Verne y un poquito de Huckleberry Flinn que era un pirata pero del Mississippi. Muy pronto llegó a mis manos Espronceda y mi memoria se hizo prodigiosa. Cada palabra en cada verso salía de mi boca como si fuera yo el que escribiera la gloria del capitán pirata y todavía hoy, me escucho a voz en cuello:

"¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río:
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna antena
quizá en su propio navío"

Pasaron muchos años para que el hermoso poema de Espronceda retornara a mi vida, pero esta vez en formato imposible. ¡No me lo podía creer! Escuchar La canción del pirata pero esta vez de verdad cantada. Y para colmo de arrebatos por un grupo de Heavy Metal. Se habían juntado ante mí dos pasiones adolescentes y eran una sola. Los autores de ese artilugio, lo supe luego, se llamaban Tierra Santa y, mire usted, ahora vienen a esta tierra ingrata.

Para nadie es secreto que ante la marea de alfeñiques subnormales y rastreros de la fama que vienen a nuestro País a dar conciertos, los rockeros -los verdaderos rockeros- son lo mejorcito que llega. La empresa La Biblia del Metal se ha encargado de traer un memorable puñado de ellos, pero que ahora anuncien para este mes la llegada de Tierra Santa es un hecho por demás celebrable. Cosidos con la misma factura exquisita de colosos como Barón Rojo o Ángeles del Infierno, Tierra Santa es una banda imperdible y un verdadero banquete para los cultores del Heavy.

Dotados de una naturalidad para sacudirte el alma, dueños de "riffs" poderosos, precisos y enérgicos, consecuentes, audaces y talentosos, los miembros de Tierra Santa son verdaderos heavys, sin estereotipos ni prostituciones de por medio. Hacen música porque les da la gana, cómo se nota eso y cómo se les agradece, y al cabo de los años han sentado un estilo inconfundible y una personalidad arrolladora. Es un metal del bueno y del puro, como todas las mejores cosas de esta posmedernidad, hecho a la antigua y con aires de eterno. Tierra Santa es un deleite y remanso de paz ante el estruendo y la estulticia de la basura que oímos cotidianamente.

Pero lo mejor de esta banda son sus letras. Constantes referencias literarias, amagues a la historia y a la mitología, cantos épicos y celebración de principios como la libertad y la consecuencia. En ellos no sólo hay metal, hay literatura y poesía, hay una amalgama completa que acerca su música a un público exigente y demandante, dejando muy atrás cualquier cliché o cualquier gratuita provocación. Hombres de labia elegante y directa pero siempre escupiendo verdades cortopunzantes, siempre remitiéndonos a la gloria y la furia del placer literario. Así es Tierra Santa.

Tanto arrebato con el día del mar, el día del padre o el día de la bandera Ripley no es digno de compararse a este hecho. Nada de esas nimiedades nostálgicas e infantiloides, van a impedir que este 29 explote de santidad la tierra y seamos todos Tierra Santa. Porque este pobre mundo necesita rugir de buen metal, necesita ese sopapo que lo despierte de su inmundo letargo y que vibre zurcando las aguas del heavy, en contorsiones superlativas, en distorsiones frenéticas, en espasmos de guitarra y de voces coreando al unísono:

"Navega, velero mío,
sin temor
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor".

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